Plazuela Santos Juanes de Bilbao

Mostramos, en esta sección de Documentos de época, tres momentos en forma de fotografías de la historia de la Plazuela Santos Juanes en Bilbao (Bizkaia).
La primera de ellas documenta la llegada de las tropas republicanas tras la retirada de Gipuzkoa, caída ya en manos enemigas, en Septiembre de 1936.
En la segunda, se observa la entrada de las tropas sublevadas en la ciudad de Bilbao, tras la caída de esta, en junio de 1937.
Por último, en la tercera fotografía vemos el aspecto de la Plazuela Santos Juanes en la actualidad.

Documentos enviados por Aitor Zenekorta


    Fuentes fotográficas

  • Llegada de tropas republicanas a Bilbao tras la retirada de Gipuzkoa:
    Fotografía en: http://tbrus.ucoz.ru
  • Entrada en Bilbao de las tropas sublevadas tras la caída de la ciudad:
    Fotografía en: http://getxosarri.blogspot.com.es
  • Plazuela Santos Juanes en la actualidad:
    Fotografía de Aitor Zenekorta.

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Aquel verano del 36
(I parte)

El 17 de julio de 1936 salta la chispa, en los territorios africanos españoles, de un pronunciamiento militar que se viene rumiando desde que prácticamente ha nacido la II República y que, posiblemente debido al triunfo del Frente Popular en el mes de febrero de 1936, ha producido el temor suficiente para que los dubitativos se adhieran de una vez por todas a la conspiración y los conjurados aceleren los preparativos para asestar el golpe. El 18 de julio esa chispa salta a la península.

El gobierno republicano conoce los movimientos de muchos de los implicados pero, o bien no sabe abordar la situación con la entereza y la fuerza necesarias ya que considera que se trata de una nueva sanjurjada, o bien hace oídos sordos a quienes auguran que aquella “asonada” va muy en serio creyendo, erróneamente como hoy sabemos, que pueden aplastarla con suma facilidad.

Lejos de las altas instancias gubernamentales o de los despachos, cafés o cuarteles donde se conjura contra el gobierno, muchos ciudadanos viven ajenos a estas circunstancias. Incluso no saben del estallido de la guerra de forma inmediata, y es obvio, puesto que por aquel entonces carecían de los medios a nuestro alcance hoy día para poder mantenerse informados; además, en muchos casos, los núcleos de población rural permanecen prácticamente aislados o pobremente comunicados con los centros urbanos de mayor entidad, donde resulta más sencillo acceder a la información.

Tropas del requeté alavés en Unzá (Araba)

Tropas del requeté alavés en Unzá (Araba).
Fotografía en: Diario de Noticias de Álava

A todo esto debemos sumarle el hecho de que los vecinos de estas entidades de entorno rural están mucho menos politizados que las masas de obreros fabriles residentes en las ciudades; y por lo tanto son ajenas en gran medida a ideologías y eslóganes revolucionarios y/o políticos. Por otro lado opciones más conservadoras se constituyen como las predominantes.

Dejando a un lado manuales, biografías o ensayos que nos hablan de las grandes personalidades políticas o militares que protagonizan este período, hemos querido abordar el asunto desde la perspectiva de la gente de a pie, desde el prisma de cualquier ciudadano alejado de los focos y de los escenarios principales, y narrar lo que sucedió en su entorno los primeros días de caos e indecisiones. A través de diversas entrevistas efectuadas en los últimos años a personas que sobrevivieron a la tragedia fratricida, vamos a conocer de primera mano sus impresiones sobre los hechos desplegados ante sus ojos; cuando y como llegaron a sus oídos los ecos de la contienda; cual fue su comportamiento inicial; sus acciones,… Algunos apenas son unos niños, otros en cambio militan en alguno de los partidos o sindicatos que se oponen a los sublevados y a algunos otros les sorprende el aluvión de acontecimientos. Demos comienzo entonces.


Manuel Ibarrola, natural de Laudio (Araba), está cumpliendo el servicio militar en Santander durante aquellos días en el Regimiento Valencia Nº 21. No obstante, cuando da comienzo la guerra se encuentra en Alcalá de Henares (Madrid), siguiendo órdenes de su capitán Francisco Álvarez, donde debe recoger un caballo de éste en los cuarteles que hasta hace poco ha ocupado el Regimiento de Caballería Calatrava y transportarlo a Santander:

En Alcalá de Henares si, ya, ya en la guerra ya con todo y claro entonces yo pues me encontré solo en Madrid, no había salido de casa. La primera vez que había salido era a las fiestas del 9 de mayo en Orduña.

Su única idea es regresar a Santander, pero para ello necesita hacerse con la cebada que el equino precisa para afrontar el largo viaje en tren hacia el norte y en los cuarteles no hay quien pueda ayudarle, todo son carreras e idas y venidas.

Y fui ante un jefe de estación y claro iba de militar yo, un cuartel de intendencia buscaba yo en Madrid, fíjate para encontrar un cuartel de intendencia en Madrid… Y se portó muy bien el hombre y me dijo: “Vaya usted al palacio real en tal dirección y allí al lado del palacio real está el cuartel de eso, del Pacífico”. Y efectivamente, voy al palacio real y estaban allí dos centinelas a la entrada, (…) me dieron 20 kgs de cebada para el caballo y yo a pasarlas como Dios, pasando hambre. Y así me pasó hasta que llegué a Santander.

Una vez entregado el caballo y tras echar un vistazo a la situación, piensa que la mejor opción es solicitar un pequeño permiso y regresar a su casa a la espera del devenir de los acontecimientos. Se presenta entonces ante el capitán Francisco Álvarez:

Y yo le dije: “Oiga mi capitán si me daría permiso para ir a Castro que ahí tengo un familiar” Pues yo ya sabía que no se podía, andaba mal el asunto y me dijo: “No se, eso va a ser difícil. Yo quisiera llevarle a Burgos”. Quería que vaya yo con él a Burgos. Pero yo le insistí “Oiga mi capitán es que he pasao mal por ahí durmiendo entre paja en el tren”. Porque había que ir con el caballo. “Bueno, bueno vaya usted donde el brigada que le haga un pase”.
Me hizo el pase. ¿Y sabes que hice yo? Al llegar a eso (Castro) seguí hasta Sodupe y en Sodupe en un camión de vacas de Arbide me vine a casa.

Manuel Ibarrola con Ikurriña del Batallón Araba

Manuel Ibarrola (derecha), con la Ikurriña de la 4ª Compañía del Batallón Araba.
Fotografía del autor

Manuel desconoce que pasa con este capitán y si finalmente consigue llegar a Burgos y como es de esperar unirse a los sublevados.

Una vez a salvo en Laudio, se presenta en el cuartel de la Guardia Civil por su condición de soldado de reemplazo para ayudar en lo que sea menester, mas no requieren de sus servicios hasta nuevo aviso. Finalmente lo llaman y equipado con un Mausser y sus respectivas cartucheras, acaba integrándose en el batallón Araba de adscripción nacionalista (PNV). Para ello se dirige al palacio del marqués de Urquijo, que había sido incautado por la Junta de Defensa local.


La experiencia de Mateo Balbuena es completamente distinta. Mateo es oriundo de León y vive desde febrero del 36 en Basauri. Persona inquieta y fuertemente ideologizada que milita en el Partido Comunista desde que es un adolescente, de hecho es secretario de las JSU desde mayo del 36. Ya el 18 de julio, cuando se entera del comienzo de la sublevación, se reúne en el local del partido con los demás compañeros para intentar organizarse de cara a la situación que se avecina y que consideran adversa.

Nos reunimos la directiva y acordamos formar grupos. Grupos que no llevaban armas, si no un punto de vigilancia. La dirección me encarga a mi como secretario que organice, y yo organizo grupos de 10 hombres; a estos 10 hombres les decía: “Bueno a ver, nombrad uno que tenga la responsabilidad de yo conocerle y tener relación conmigo. Lo que haya, las directivas que tengamos que dar pues que las recibe él por parte de esta”.
(…) Unos acontecimientos de una velocidad y de una, a veces de una oscuridad total; pero bueno los acontecimientos obligaban a hacer…a tomar partido. Pero claro tenga en cuenta que nosotros ya cuando a los…antes ya habíamos asaltado fábricas para…que tenían esto…los guardias, tenían un mosquetón; había unas…carabinas (…), yo recuerdo que cogimos, en la fábrica de… en Lutxana… una especie de fusil más reducido de procedencia inglesa. Y que por cierto el grupo que yo dirigía salió uno de la fábrica de “Cementos Anda”.

No lo duda ni un instante y cuando se solicitan voluntarios para acudir a Donostia se alista. Combate duramente en el asalto del hotel María Cristina y posteriormente en el asedio a los cuarteles de Loyola. Durante los combates para rendir el María Cristina, Mateo Balbuena se aposta en el teatro Victoria Eugenia anexo al hotel:

Se conoce que ellos por algún medio pidieron parlamento,(…) y ya, yo no se quien o como; se acercó a nosotros y dijo que se habían rendido. Y al poco tiempo entré con otros, a sacarles de allí. Que por cierto en un salón, un salón de entrada, la escalera y allí aparece una enorme paellera. Cago en diez, paella! Con esto…con todo lo necesario, con todo de una paella. Y perplejidad! A ver si va a estar envenenada. Pues vamos a ver, tenía un hambre y a comer. Y aparece mientras allí uno: “Hombre, yo soy tal” y sacó unas llaves, era el llavero de la bodega y fue a traer vino.

Mateo Balbuena y milicianos del Leandro Carro

Mateo Balbuena (izquierda), junto a otros milicianos del Batallón Leandro Carro.
Fotografía en: http://guerraenlauniversidad.
blogspot.com.es/

Después de la pitanza, exhaustos y con los rebeldes en retirada, deciden descansar para retomar la lucha con renovadas fuerzas:

Nos llevan a dormir al Casino; dormimos junto a cadáveres de facciosos, tanto guardias civiles como soldados.

Una vez los cuarteles de Loyola caen en manos leales a la República, Mateo regresa a Bilbao con lo puesto, cansado y con la ropa sucia y rota. No tiene ni un céntimo para tomar un tranvía que le pueda dejar en Basauri, donde tiene el domicilio. El revisor lo observa, Mateo duda si subirse o no pero acaba tomando asiento. El revisor se aproxima y sonriendo le dice: “No se preocupe, para los combatientes es gratis”. Todavía se emociona al recodar la anécdota.

Después ejercerá de teniente en el batallón comunista Leandro Carro, y una vez caído el frente norte continuará combatiendo en la 65ª Brigada de Carabineros.


Félix Padín no se queda atrás. Desde bien joven está afiliado a la CNT junto a sus hermanos, es uno de sus miembros más activos y concienciados; y como es de esperar, es consciente de que un pronunciamiento de los sectores más reaccionarios de la sociedad es cuestión de tiempo. Es testigo de primera mano de la táctica de Falange Española, la de crear alboroto y desasosiego en las calles bilbainas a base de algaradas y pistoleros contra miembros de la CNT. Actúan fundamentalmente en los barrios obreros de San Francisco y Las Cortes.

Vimos cuando ya salió la Falange el plan que traían. Porque por allí por Bilbao por la calle de Las Cortes; San Francisco, por allí; venían pistola en mano y armaban unos alborotos…
Y en la CNT pues entre 4 nos formamos un grupo… Porque cuando salías a vender el periódico; que solíamos salir nosotros a vender el periódico, te juntabas con ellos y ellos venían con pistoleros a provocar. Pues nosotros tuvimos que hacer una cosa parecida. Iba un compañero vendiendo el periódico y nosotros 3 detrás pues protegiéndolo por si acaso estos daban.

Llega el día de la sublevación, el local del sindicato es un hervidero de afiliados entre los que se encuentra Padín, porque allí disponen de una radio a través de la que se van enterando de los acontecimientos.

Junto con unos compañeros se dirigen a su casa y hacen acopio armas que han ido escondiendo en el alero del tejado, por si llega la fatídica fecha que están viviendo en esos momentos.

Y ya sacamos todo eso y fuimos al sindicato y el primer día nos dedicamos a recorrer Bilbao a ver lo que pasaba; porque ese día pues salió todo Bilbao; una manifestación pidiendo armas. Salió en Bilbao una cosa que… digno de ver era eso. Allí no había ideas, ni había banderas ni había más que un pueblo que pedía armas.

No obstante, su grupo se une a quienes previsoramente rodean los cuarteles de Garellano, donde se acuartela el Batallón de Montaña Nº 6. Más tarde consideran que allí no es necesario su concierto y deciden recorrer las armerías de la ciudad para requisar todo el armamento posible, incluso toman una camioneta para dirigirse al almacén de dinamita de Galdakao (Bizkaia):

…nos salió la guardia civil y se enfrentó a nosotros. Nosotros íbamos 4 y ellos estaban 4 ó 5; se enfrentaron a nosotros y dijeron que si queríamos dinamita teníamos que pasar por el cadáver de ellos. Y nosotros nos volvimos, recuerdo que fuimos al gobierno civil; nos presentamos allí, nos dieron unos papeles. Y volvimos a la fábrica y cargamos la furgoneta de dinamita sin tropiezos ya.

Félix Padín, retrato

Félix Padín en un retrato anterior al conflicto.
Fotografía de I. Gorriti.
Fotografía en: http://mugalari.info/

El día 20 de julio, el mismo grupo de compañeros enfila la carretera que les lleva a Otxandio (Bizkaia), población cercana a la capital alavesa en donde saben que han triunfado sin resistencia los militares rebeldes. Pretenden recabar toda la información posible, enterarse por donde se mueven los insurrectos y calibrar las fuerzas de las que disponen.

Junto al ayuntamiento conversan con algunos milicianos socialistas y comunistas, éstos creen que los militares pronto intentarán entrar en la villa, por lo que les piden que se queden ya que disponen de pocos hombres y mal armados.

Y nosotros dijimos “Mira nosotros bajamos a Bilbao, vamos al sindicato y pedimos voluntarios y en cuanto estén los voluntarios y nos pongan coches para venir, venimos”.
Y así fue, fuimos al sindicato… dijeron que querían que no nos marcharíamos pero ya se convencieron. Nos juntamos unos 30 y tantos; entre ellos me parece 4 ó 5 compañeras. Y llegamos a Ochandiano pues por la mañana del 21. Y luego hacia el mediodía llegó la columna de Ochandiano; y en esa venían guardias de asalto, venían militares, venía una agrupación de la UGT, otra de… comunista y luego venían algunos otros compañeros nuestros que ya nos juntamos allí unos 70 y tantos. En cada agrupación de eso estaríamos esa cantidad de hombres.

Sonríe al recordar una anécdota que les acontece camino de Otxandio; durante el trayecto alguien exclama que no portan bandera alguna que los identifique como milicianos de la CNT.

…Uno sacó allí un; no se si era un pañuelo, rojo y lo puso. Y dice “pues falta lo negro”, y dice una compañera, “Pues lo negro lo pongo yo” y hace así por el traje…

(imita como si se metiera la mano por debajo de una falda)

…y las puso allí.

(obviamente se refiere a las bragas).

Las risas y las chanzas duran poco. Al día siguiente presencia horrorizado la masacre producida por el bombardeo perpetrado por dos aviones Breguet XIX que han despegado de Logroño, la dantesca escena que queda luego de esta acción nunca se borró de entre sus recuerdos.

Al otro día recuerdo yo que llevaba una cajita así pequeña…

(con las manos simula una caja como para un niño de muy corta edad)

…un niño así llevaba yo al cementerio…y lloraba, lloraba y decía “Esta gente no tiene perdón”.

La guerra fue transcurriendo y Félix Padín pasa por los batallones anarquistas Durruti e Isaac Puente, después llegaron la cárcel y los campos de concentración.

Sergio Balchada


    Entrevistas

  • Manuel Ibarrola, entrevistado en Laudio (Araba) el 14/03/2011.
  • Mateo Balbuena, entrevistado en Lezama de Álava (Araba) el 03/06/2010.
  • Félix Padín, entrevistado en Miranda de Ebro (Burgos) el 07/07/2011.

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Nosotros si que entramos en Madrid,
27 de noviembre de 1936

Nosotros si que entramos en Madrid

Nosotros si que entramos en Madrid
Publicado en La Lucha de Clases, el 27 de noviembre de 1936

Chiste gráfico publicado en el semanario socialista vasco La Lucha de Clases, convertido en diario durante la Guerra Civil Española. Publicación editada en Bilbao desde 1894 y en cuyas páginas colaboraron firmas tan notables como Pablo Iglesias, Miguel de Unamuno o Indalecio Prieto. Fue dirigido por importantes figuras del socialismo vasco como Valentín Hernández Aldaeta, Luis Araquistáin o Tomás Meabe entre otros.
El último número de este diario fue publicado el 16 de junio de 1937, durante los días de la caída definitiva del Frente Vasco.
En la viñeta, publicada el 27 de noviembre de 1936, aparecen dos aviadores alemanes descendiendo en paracaídas hacia una ciudad, supuestamente derribados sobre Madrid. El objetivo del bando sublevado desde el principio de la guerra era tomar rápidamente Madrid y con esto, asestar un duro golpe al gobierno de la República y también a la moral del bando enemigo. Además, si la capital hubiera caído tan pronto, podría haber acortado significativamente la duración de la guerra. Con este pensamiento, los líderes sublevados, se jactaban de que pronto podrían entrar en la ciudad con sus tropas. Se desencadenaron sucesivas ofensivas para la toma de la urbe pero todas fueron detenidas y rechazadas por la férrea resistencia de las tropas republicanas y por el aguante y capacidad de sufrimiento de sus habitantes. A la vista de que Madrid resistía, las profecías y anuncios de una rápida caída de la ciudad que hacían y habían hecho los sublevados se convirtieron, en el lado republicano, en una cuestión de permanente mofa, al menos en estos primeros meses de guerra. Es lo que podemos ver en este documento: un chiste gráfico burlándose de las palabras y partes oficiales del adversario.
Lamentablemente, nada ha podido encontrar el que redacta esta pequeña reseña acerca del autor de este chiste gráfico, aún después de una exhaustiva búsqueda de información al respecto. La firma, que podría ser apellido o pseudónimo, parece indicarnos el texto “Arguelles“, o algo similar. Por ello, desde aquí, pido colaboración para terminar correctamente esta reseña, pudiendo mostrar en nombre y apellidos del artista, así como su historia y su destino después de la derrota en la guerra. Solicito, a quien pudiera tener información al respecto, se ponga en contacto con la Asociación Lubakikoak a través del formulario que aparece en la sección de Contacto de esta página.
De todos modos se quiere rendir un homenaje a este artista por su humor y sus trazos, con los que conseguiría, seguramente la sonrisa, sino la carcajada de cuantos lectores, defensores y combatientes del bando republicano, tuvieran la ocasión de haber tenido entre las manos este número de La Lucha de Clases.

Dani García


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Entrevista a Karl Gustav Schmidt, aviador alemán derribado sobre Bilbao.
CNT del Norte, 7 de enero de 1937

Entrevista en CNT del Norte del 7-1-1937

Entrevista publicada en el periódico anarquista CNT del Norte.
7 de enero de 1937, página 4

El 4 de enero de 1937, sobre las tres de la tarde, se produjo un bombardeo sobre Bilbao por parte de la aviación alemana que combatía para la causa sublevada, desde noviembre de 1936 oficialmente llamada Legión Cóndor. Era el segundo intento de ese día; el primero, por la mañana, efectuado por cazas alemanes que operaban desde Vitoria-Gasteiz, fue desbaratado por la aviación republicana. Pero esa misma tarde volvieron, esta vez acompañados por nueve bombarderos trimotores Junkers Ju-52, para castigar nuevamente Bilbao y a su población civil (otras fuentes hablan de 5 Junkers Ju-52 alemanes, cuatro Fokker VII de la aviación sublevada, junto con la escolta de 13 cazas Heinkel He-51 también alemanes). De nuevo la aviación leal salió al encuentro de esta nueva incursión con los pocos aviones de que disponían. Como consecuencia, la formación sublevada quedó rápidamente deshecha y los bombarderos soltaron sus bombas desordenadamente para tratar de huir. Sin embargo, en el combate que se entabló, uno de los bombarderos cayó envuelto en llamas a cambio de uno de los cazas defensores que también fue derribado; la propaganda republicana habló de cuatro aviones enemigos derribados y, ni tan siquiera, admitió la pérdida del aparato propio, aún cuando su piloto murió en el accidente. Dos de los tripulantes del bombardero consiguieron saltar en paracaídas, fueron el sargento primero Adolf Herrmann, posiblemente artillero del avión, y su compañero el radiotelegrafista Karl Gustav Schmitd, de 21 años y natural de Rostock (Mecklemburg). Finalmente, el aparato se estrelló cerca de Alonsotegi; Adolf Hermann descendió en la zona de Jaro de Arana cayendo en manos de civiles, inmediatamente fue linchado y muerto; Schmitd, sin embargo, fue arrastrado por el viento hasta Enekuri, donde rápidamente fue detenido y conducido a lugar seguro en los locales de Presidencia del Gobierno Vasco.
Esa misma tarde, una multitud enfurecida por tantos bombardeos impunes sobre la población civil, asaltó las cárceles de Bilbao produciendo una terrible matanza entre los prisioneros allí retenidos.
Se muestra aquí un documento único, pues se trata de una entrevista a Karl Gustav Schmitd en su prisión. Esta entrevista está realizada por Cecilia G. de Guilarte, reportera del periódico anarquista CNT del Norte, y publicada en dicho periódico el 7 de enero de 1937.

Dani García

Mostramos a continuación una transcripción del texto de la entrevista:

Reportajes de C. N. T.

Nuestra reporter conversa con el aviador Schmidt Karl, que pilotaba uno de los aparatos incendiados por nuestros «cazas»

Yo creo que en España, todos o casi todos los periodistas, padecen del hígado. O de cualquier otra cosa. Y es natural. Ser en España periodista, tiene la misma importancia que vender garbanzos. Yo confieso que he sentido deseos de llorar, allá en mi juventud, al ver reflejadas en la pantalla las emocionantes aventuras de los periodistas americanos. Hasta deseé para España unos cuantos “gangster” que restasen monotonía a nuestra labor de escribidores, en un país donde siempre “reinaba la tranquilidad”. Luego nada, me amoldé y aparte del gran número de equilibrios a que el sueldo nos obliga, mi vida ha sido de una monotonía aplastante.
Pero hete aquí, que esta monotonía se trunca de repente. Después del combate aéreo del lunes tan maravilloso de resultados, mi ánimo estaba predispuesto a cualquier heroicidad.
Ante los aparatos fascistas destrozados, ante los cadáveres carbonizados de los aviadores alemanes me he sentido más periodista que nunca. Y también más joven. Me parecía que el cotidiano “tranquilidad en toda la provincia” del gobernador y el “niño mordido por un perro” de toda la vida se rebelaban, cansados, sin duda, de ser las noticias salientes del día.
—Uno de los aviadores fascistas ha resultado ileso—se decía.
Y la noticia se agrandaba. Corría kilómetros y se repetía de una a otra punta de la provincia.
—Hay que buscarlo-me he dicho—. ¿Cómo?
No quiere el lector saberlo. Imagínese todos los trucos periodísticos, todas las ventanas escaladas que quiera, y aún resultará pálido ante la realidad.
Bilbao era una ola de pasión. Se pedía la muerte del que con tan traidoras intenciones llegó a Vizcaya. La pedían las madres que saben de dolor y de ternuras. La pedía el pueblo sintiendo la bofetada alemana en pleno rostro. Los miembros del Gobierno Vasco aún reconociendo la razón que al pueblo asistía en su justa demanda, necesitaban esa vida por los informes que se pudieran obtener. Angustia en los ministerios. Pasión en la calle. Titubeos. Un hombre de pronto. Sólo él sería capaz de llevarse al preso pasándolo por entre la multitud impaciente ya para evitar que la justicia del pueblo se cumpliese con demasiada premura.
Y Schmidt Karl Gustav, el aviador alemán cuya vida un pueblo entero reclama, atravesó Bilbao, lleno el rostro de asombro y temor, ante las gentes agitadas en oleadas de sentimientos vengadores.
Era preciso verle, hablarle. He querido borrar de mi memoria las peripecias que esto me costó. Nunca podré olvidar sin embargo, el escalofrío que recorría mi cuerpo, cada vez que en la noche brillaba un fusil como dando calor a un ¡alto! cortante e imperativo.. Hieráticos, como estatuas vivientes, los centinelas parecían la personificación del deber. Bien visto estaba que por este lado nada conseguiría. Fué preciso recurrir a medios menos legales y más peligrosos. No puedo revelar el procedimiento ya que pienso quedarme con la exclusiva.
Lo hablé. Schmidt es un alemán más. Creo que en Berlín comería salchichas y bebería cerveza, si como dicen, es costumbre de los súbditos de Hitler. Aquí bebió agua con buena gana. Rubio, entre caoba y platino. Mandíbula fuerte, cuadrada. Ojos azules, pequeños como los de un lechoncillo rosado. Camisa negra. No habla francés ni español. Algo de inglés. Así nos entendemos.
—¿Cómo estás en España?—le he preguntado.
—Yo soy nacional-socialista—me dice—. Como otros muchos en Alemania llevaba mucho tiempo sin trabajo. Un día, los dirigentes de las Juventudes Hitlerianas nos ofrecieron un contrato para trabajar en España. Trescientas pesetas mensuales además de la comida y la ropa. Hace ya tres meses que llegué a Sevilla en un barco con tres compañeros más. En el Cuartel General de Sevilla, se nos controlaba de acuerdo con nuestra profesión, enviándosenos a los distintos frentes.
—¿Eres piloto?
—No. Soy oficial telegrafista. Manejo también la ametralladora.
—¿Cuantos tripulabais el aparato?
—Seis. Tres alemanes, un polaco y dos españoles.
—¿Era la primera vez que volabas sobre Vizcaya?
—También vine el domingo.
—¿Qué hicistes en estos tres meses?
—He volado sobre Madrid, hasta que órdenes superiores me trajeron al frente del Norte.
—¿Qué opinas de la aviación leal?
—Son valientes—responde lacónico.
—¿Y ahora?—le pregunto.
Hace un gesto de indiferencia. Se ve que lucha por aparecer tranquilo, sin conseguirlo. Hay en sus ojos azules una sombra de tristeza, parecida a la que se observa en las gallinas próximas al sacrificio. Con la vista fija en el suelo, contesta:
—Ya se que no saldré de aquí. Al principio creí que esto terminaría en seguida… todos lo creímos así.
Hemos quedado silenciosos. Se oye fuera el paso rítmico del centinela. Sentado en su camastro, el alemán ha imprimido a sus piernas un movimiento de péndulo.
Yo pienso en sus veinte años pletóricos de vida y lo veo llenos los ojos de nubes sangrientas, como un demonio que cruzase el espacio arrojando su carga mortífera sobre niños y mujeres. Tiene las manos blancas y grandes. Un solitario hace guiños a la luz. Parecerá una tontería, pero sus manos me son antipáticas.
—¿Has sentido miedo?—le pregunto.
—No, pero creí que me matarían en seguida.
—Ha costado gran trabajo evitarlo. ¿Por qué disparaste la ametralladora?
Se encoge de hombros sin contestar. Levanta la cabeza hasta fijar la vista en el techo y de nuevo sus piernas colgantes pendulan con precisión.
Se nota fuera el relevo de la guardia. Es preciso terminar la entrevista. Fuertes pisadas resuenan en los pasillos. Confieso que tengo miedo de mi audacia.
Karl me mira un momento y luego me pregunta:
—¿Me matarán?—Parece haber indiferencia en la pregunta y sin embargo sobrecoge como si una ráfaga de tragedia cruzase la habitación.
—No lo sé. Pero quien deja su hogar y su patria por ir a sembrar la muerte y el dolor entre los que ni siquiera conoce, no pagaría con cien vidas tanta maldad.
No sé si me ha comprendido. En su mirada se refleja una estupidez absoluta.
Al salir me encuentro molesta. Quisiera hablar de la crueldad de la guerra, de la sangre vertida, de nuestro heroísmo etc.; pero seis meses largos de guerra han agotado el repertorio. Y para no decir nada nuevo, prefiero terminar.
Que cada cual haga el comentario que mejor le parezca. Yo ya hice el mío.


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Batallón Isaac Puente CNT nº3

Galería

Esta galería contiene 8 fotos

El batallón Isaac Puente, cuyo nombre recordaba al ideólogo vasco anarquista Isaac Puente Amestoy (1896-1936), perteneció a la Confederación Nacional del Trabajo (C.N.T.) y se encuadró en las Milicias Antifascistas de ésta con el número tres. También ocupó el número … Sigue leyendo

Vizcaya.

Monografías de la Guerra de España nº6

VizcayaJosé Manuel Martínez Bande
San Martín, 1971

“Cuando el 31 de marzo de 1937 inician las fuerzas del general Mola la invasión de la provincia vizcaína, comienza un nuevo capítulo de la guerra de España. Madrid aparece ya “lejos” y la atención de todos se vuelve al Norte, allí donde aguarda, si no la victoria final, sí los medios con los que pueda un día el general Franco formar el gran Ejército de maniobra que decidirá la guerra.
Vizcaya, la guerra de Vizcaya, ofrecerá vibrantes episodios de estudio y polémica. Allí está “Euzkadi”, con su Ejército propio y su propio Presidente, que nada quiere saber de nadie; y están las roturas del frente, ante la dureza del terreno y las copiosas obras de fortificación; y está el bombardeo de Guernica, cuya polvareda política va ya aquietándose; y está el “Cinturón de Hierro”, orgulloso e inútil alarde; y está, en fin, la tensión entre las fuerzas que inverosímilmente lucharon juntas, tensión centrada en los últimos momentos alrededor de la posible destrucción de Bilbao.
He aquí una de las secuencias de nuestra guerra más rica en contenido, en pasión y en enseñanzas de todo orden.”

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Al infierno o a la gloria.

Vida y muerte del ex cónsul y espía Wilhelm Wakonigg en Bilbao. 1900-1936

Al infierno o a la gloriaIngo Niebel
Alberdania, 2009

“Cementerio Municipal de Bilbao, 19 de noviembre de 1936. El pelotón de ejecución apunta a Wilhelm Wakonigg, el empresario que había sido cónsul honorífico de Austria y Hungría en la capital vizcaína durante la Primera Guerra Mundial. En los inicios de la Guerra Civil, Wakonigg había protagonizado el más famoso caso de espionaje que se ha producido en el territorio controlado por el Gobierno Vasco.
El historiador José Luis de la Granja afirma: “El juicio del Tribunal Popular que tuvo mayor resonancia, por afectar a dos diplomáticos extranjeros, fue el llamado “caso Wakonigg”, que sirve de muestra para valorar la justicia ejercida por dicho tribunal”:
Este libro reconstruye por primera vez con rigor este histórico caso de espionaje, siempre a partir de documentos de la época que se hallan dispersos en archivos vascos, españoles, alemanes y austríacos. El autor, con un pulso narrativo nítidamente periodístico, relata también cómo se creo cierta imagen de Wakonigg después de su fusilamiento a causa de las versiones ofrecidas por el periodista británico George L. Steer y el Gobierno de Euzkadi.
En la obra queda, asimismo, detallada constancia de la actuación de Wakonigg a favor de altos cargos falangistas y de las circunstancias que condujeron al apresamiento del ex cónsul con un maletín repleto de material altamente comprometedor. Tampoco escapan a la mirada del autor las consecuencias políticas que para el Gobierno Vasco y el PNV comportó el “caso Wakonigg”.

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